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La risa del Diablo.

Por Alberto del Campo Tejedor

Aunque el diablo ya no esté de moda, algunas fiestas populares entre el uno de noviembre y el Carnaval nos recuerdan la importancia que ha jugado históricamente; en los meses más fríos del año es habitual la proliferación de mascaradas, juegos y rituales festivos en que los mozos, disfrazados de personajes diabólicos, parecen tomar el poder efímeramente, sembrando el caos en el pueblo, fustigando a quien se pone a su alcance, pero también siendo objeto de burla y degradación, teniendo que soportar que la gente les arroje inmundicias, les empujen o les roben los objetos que portan, como cencerros o látigos.

A través de la literatura homilética, los sermones o las representaciones pictóricas y escultóricas, la Iglesia ha retratado al diablo de forma espantosa y terrorífica. El cristiano habría de afligirse ante los cuadros de las ánimas benditas, que agonizaban ardiendo en el purgatorio. Allí los condenados alzaban desesperados la mano a la Virgen del Carmen, mientras las figuras diabólicas avivaban el fuego. En ciertas épocas históricas, esta pastoral del miedo utilizó el diablo para disuadir a los feligreses del pecado e incentivar una vida santa que les llevaría al paraíso eterno. Pero he ahí que en aquellos momentos de más represión, mayor es la frustración de los fieles y más necesarios son los cauces de escapismo, por lo que no es casualidad que coincidan en el tiempo las cruzadas morales y las representaciones burlescas del diablo, en que este aparece representado como un estúpido bufón.

Para difundir las representaciones terroríficas del mal, la Iglesia eligió representar al diablo vinculándolo a ciertas fechas entre noviembre y febrero que, según la concepción cíclica del año, pertenecían al reino de la oscuridad y la muerte. El diablo aparecería especialmente en aquellos momentos de tránsito (solsticios y equinoccios, principios y fines de año, cambios de estación, etc.), y muy particularmente en aquellos días en que las tinieblas habrían de ser derrotadas para dar paso a un tiempo nuevo de luz y esperanza. Así, en los últimos y primeros días del año pugnarían por prevalecer la oscuridad de los días cortos, la muerte, el mal, el diablo, frente a la luz solsticial, la vida, el bien y el nacimiento del Salvador. Esta concepción alentó mascaradas que representaban la lucha de contrarios. El ambiente jocoso de las fechas navideñas, que el cristianismo había tomado de las saturnalias romanas, respondía a la temposensitividad campesina, que también asumía un mundo dicotómico, cuya pugna simbólica en ciertos momentos del año contribuiría no solo a reflejar sino a propiciar el cambio de un estado a otro, de una estación a otra, de un año a otro. Carnavalizadas ciertas fechas, el diablo aparecería como un ser monstruoso que amenaza con desatar un período de inestabilidad y zozobra, pero también este será objeto de burlas y humillaciones, dado que es necesario matar simbólicamente lo viejo, lo podrido, lo sucio, lo tenebroso, para que el mundo renazca renovado. La risa frente al diablo ha constituido, pues, no solo una manera de domesticar el miedo, sino también el elemento vitalista que permitía representar ambivalentemente la muerte, de la misma manera que la subyugación del diablo, mediante fórmulas de degradación carnavalera, sería la antesala del triunfo del bien.

El diablo ha requerido ser representado, por lo tanto, de forma ambigua, a través de disfraces y máscaras estrafalarias, tan terroríficas como ridículas. Para ello, las culturas populares sometieron al diablo a la lógica grotesca de deformación material y corporal, la cual permitía mostrar por igual la corrompida naturaleza humana de instintos bajos y carnales, como también la exaltación del placer más animal. La sexualidad grotesca representa por un lado el voraz apetitito pecaminoso del diablo, pero también recuerda que periódicamente el hombre requiere de ciertas licencias liberadoras en el tiempo extraordinario de la fiesta, que permitan superar el tedio del tiempo ordinario del trabajo. Con el efímero triunfo del mal y el pecado, el diablo instaura una inversión del orden que pone de relieve por igual el lado oscuro y sucio del hombre, como también la necesaria y periódica exaltación de lo bajo y carnal. De ahí que el diablo no despierte solo el terror, sino también la risa liberadora, que habría de desatar las convenciones sociales, tirándolas por tierra, para que de ella pueda renacer el tallo de una nueva vida.

Tal vez esta arcaica lógica no haya desaparecido del todo y explique que aún pervivan aquí y allá fiestas donde el diablo siga haciendo de las suyas por unos días, unas horas, las que dura el necesario delirio festivo.

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