Antropología

Bosquimanos: los hombres del bosque.

Por Patricio Lazcano

Dawid Kruiper fue hasta su muerte, en 2012, el más mediático líder bosquimano. Su liderazgo lo hizo entablar emblemáticos juicios contra gobiernos africanos, reivindicando los derechos de su pueblo. Incluso, actuó en la película Los Dioses deben estar locos. Pero sus habilidades iban más allá de las cortes o el cine: podía perseguir un kudú (antílope) durante 10 horas por 25 kilómetros, con temperaturas sobre 40° C, sólo para alimentar a su tribu. Como todos los bosquimanos que nacieron en el desierto del Kalahari, interactuaba con la naturaleza como ningún humano moderno podría hacerlo.

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La risa del Diablo.

Por Alberto del Campo Tejedor

Aunque el diablo ya no esté de moda, algunas fiestas populares entre el uno de noviembre y el Carnaval nos recuerdan la importancia que ha jugado históricamente; en los meses más fríos del año es habitual la proliferación de mascaradas, juegos y rituales festivos en que los mozos, disfrazados de personajes diabólicos, parecen tomar el poder efímeramente, sembrando el caos en el pueblo, fustigando a quien se pone a su alcance, pero también siendo objeto de burla y degradación, teniendo que soportar que la gente les arroje inmundicias, les empujen o les roben los objetos que portan, como cencerros o látigos.

A través de la literatura homilética, los sermones o las representaciones pictóricas y escultóricas, la Iglesia ha retratado al diablo de forma espantosa y terrorífica. El cristiano habría de afligirse ante los cuadros de las ánimas benditas, que agonizaban ardiendo en el purgatorio. Allí los condenados alzaban desesperados la mano a la Virgen del Carmen, mientras las figuras diabólicas avivaban el fuego. En ciertas épocas históricas, esta pastoral del miedo utilizó el diablo para disuadir a los feligreses del pecado e incentivar una vida santa que les llevaría al paraíso eterno. Pero he ahí que en aquellos momentos de más represión, mayor es la frustración de los fieles y más necesarios son los cauces de escapismo, por lo que no es casualidad que coincidan en el tiempo las cruzadas morales y las representaciones burlescas del diablo, en que este aparece representado como un estúpido bufón.

Para difundir las representaciones terroríficas del mal, la Iglesia eligió representar al diablo vinculándolo a ciertas fechas entre noviembre y febrero que, según la concepción cíclica del año, pertenecían al reino de la oscuridad y la muerte. El diablo aparecería especialmente en aquellos momentos de tránsito (solsticios y equinoccios, principios y fines de año, cambios de estación, etc.), y muy particularmente en aquellos días en que las tinieblas habrían de ser derrotadas para dar paso a un tiempo nuevo de luz y esperanza. Así, en los últimos y primeros días del año pugnarían por prevalecer la oscuridad de los días cortos, la muerte, el mal, el diablo, frente a la luz solsticial, la vida, el bien y el nacimiento del Salvador. Esta concepción alentó mascaradas que representaban la lucha de contrarios. El ambiente jocoso de las fechas navideñas, que el cristianismo había tomado de las saturnalias romanas, respondía a la temposensitividad campesina, que también asumía un mundo dicotómico, cuya pugna simbólica en ciertos momentos del año contribuiría no solo a reflejar sino a propiciar el cambio de un estado a otro, de una estación a otra, de un año a otro. Carnavalizadas ciertas fechas, el diablo aparecería como un ser monstruoso que amenaza con desatar un período de inestabilidad y zozobra, pero también este será objeto de burlas y humillaciones, dado que es necesario matar simbólicamente lo viejo, lo podrido, lo sucio, lo tenebroso, para que el mundo renazca renovado. La risa frente al diablo ha constituido, pues, no solo una manera de domesticar el miedo, sino también el elemento vitalista que permitía representar ambivalentemente la muerte, de la misma manera que la subyugación del diablo, mediante fórmulas de degradación carnavalera, sería la antesala del triunfo del bien.

El diablo ha requerido ser representado, por lo tanto, de forma ambigua, a través de disfraces y máscaras estrafalarias, tan terroríficas como ridículas. Para ello, las culturas populares sometieron al diablo a la lógica grotesca de deformación material y corporal, la cual permitía mostrar por igual la corrompida naturaleza humana de instintos bajos y carnales, como también la exaltación del placer más animal. La sexualidad grotesca representa por un lado el voraz apetitito pecaminoso del diablo, pero también recuerda que periódicamente el hombre requiere de ciertas licencias liberadoras en el tiempo extraordinario de la fiesta, que permitan superar el tedio del tiempo ordinario del trabajo. Con el efímero triunfo del mal y el pecado, el diablo instaura una inversión del orden que pone de relieve por igual el lado oscuro y sucio del hombre, como también la necesaria y periódica exaltación de lo bajo y carnal. De ahí que el diablo no despierte solo el terror, sino también la risa liberadora, que habría de desatar las convenciones sociales, tirándolas por tierra, para que de ella pueda renacer el tallo de una nueva vida.

Tal vez esta arcaica lógica no haya desaparecido del todo y explique que aún pervivan aquí y allá fiestas donde el diablo siga haciendo de las suyas por unos días, unas horas, las que dura el necesario delirio festivo.

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Sin miedo ni dolor: Dipris.


Un joven se introduce la hoja de un cuchillo en el ojo como demostración de sus poderes místicos ante la gente de su pueblo en Badasso, Costa de Marfil (50 millas al norte de la capital Abidjan). Los Abidjis son un grupo étnico que llevan a cabo una ceremonia anual llamada “Dipris” para demostrar sus poderes físicos y místicos y para honrar a sus antepasados que les trasladan la fortaleza de los muertos. Comenzando desde temprano por la mañana los ciudadanos de Badasso caminan por las calles en un estado de trance. Los hombres, que se creen inmunes al dolor y a las heridas, hunden cuchillos en sus cuerpos y las mujeres se retuercen en el suelo poseídas por los espíritus de sus antepasados.
(Foto: David Guttenfelder)

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Ya está en línea el número 5 de SKEIMBOL

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Más de 140 páginas llenas de contenidos sorprendentes con el talento creativo de:

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Los auténticos tibetanos

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Fotografía: Phil Borges.

En su expansión por la región euroasiática los mongoles conquistaron Tíbet en el siglo XIII. Sin embargo, debido al respeto que dicho pueblo profesaba por la religión budista, ofrecieron a los tibetanos protección militar a cambio de guía espiritual. De esta manera se entiende que estando China también bajo control mongol se considerara a Tíbet como territorio chino. De hecho, parte importante de la argumentación china sobre la propiedad de Tíbet se basa en lo anterior. Sin embargo, acontecimientos posteriores pueden discutirlo.

A la caída del imperio mongol, enfrentamientos múltiples ocurrieron entre las potencias principales por el dominio de la región antes controlada por ellos, Rusia y China (ahora gobernada por la dinastía Ming) fueron algunas de las más importantes. Por su ubicación geográfica Tíbet se convirtió en el objetivo estratégico de la mayoría de ellas. Dichas potencias creían que aquella que lograra controlar Tíbet se abriría el paso al resto de la región fácilmente. Finalmente, la dinastía Quing (sucesora de la dinastía Ming) logró ocupar Tíbet en 1720, aprovechándose del asesinato del Dalai Lama de entonces. Sin embargo, su decadencia debilitó también paulatinamente su dominio sobre Tíbet. Lo anterior, sumado a la incursión de Gran Bretaña en la región (alrededor de 1904), le concedió una independencia de facto a Tíbet (similar a la que gozó mientras la dinastía Ming gobernó China).

A la caída de la dinastía Quing el recién formado Partido Nacionalista Chino (Kuomintang) estableció la República China en 1912. De esta manera, el 21 de abril de dicho año, el presidente Yuan Shih-kai declaró provincia china a Tíbet y envío una expedición para subyugarlo. Tíbet se resistió y declaró su independencia en 1913. Si bien inicialmente el Gobierno británico se negó a aceptar la posibilidad de la absorción china del Tíbet, decidió organizar una reunión tripartita (Gran Bretaña-Tíbet-China) para negociar la solución y evitar que los disturbios alcanzaran la frontera con India (colonia británica entonces). No obstante lo anterior, el Gobierno chino no firmó el convenio emanado de dichas reuniones, posiblemente debido a que las restricciones con las que se aceptaba la soberanía china sobre Tíbet no le satisfacían. En los años siguientes la relación entre China y Tíbet fue muy inestable.

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