Narrativa

Satam alivE

Por Ignacio Arrabal
Para Manuel Pichardo, Ismael Rojas y Ruth Llopis

Llevo años huyendo de Enrique Vila-Matas. Huyendo no sólo físicamente, quiero decir, sino también en los textos. Ya me sucedió antes con otro escritor, pero fracasé. No pude evitar tener un encuentro forzoso con él en el hotel Krone de la pequeña localidad austriaca de Freilassing. Yo estaba allí porque pretendía escribir una serie de relatos sobre personas que olvidan quiénes son. Había leído meses antes en un periódico la historia de Ernst Valdjungger, un anciano que había aparecido en la puerta del restaurante Speicekammer de la calle Fürstenwe de dicha localidad diciendo que él era el dueño. El verdadero dueño del restaurante salió fascinado por aquel desconocido y lo invitó a comer antes de llamar a la policía. Nadie sabe de qué hablaron, pero los clientes que se encontraban en el restaurante a esa hora dijeron que los dos reían animadamente y que terminaron abrazados. Pero no fue la policía, sino Bastian Horst, un joven que trabajaba en el periódico local, quien al cabo de tres meses y muchas pesquisas logró averiguar la identidad del anciano misterioso. Por lo visto, la pista definitiva había sido un papel que el anciano llevaba en el bolsillo de la chaqueta cuando lo encontraron y al que nadie –excepto Bastian- dio importancia. La nota, escrita muchos años antes a tenor del estado de deterioro en que se encontraba, decía: Mi recuerdo más verdadero es la desgracia del vecino. La policía pensó que nada en aquel anciano tenía la menor trascendencia, incluso lo que sí la tenía, como la nota, y que los detalles mínimos eran, seguro, algo a lo que no había que prestar atención. Pero el joven Bastian Horst adivinó que en esas palabras podía haber algo más que delirios y tiempo, y pacientemente desarrolló una teoría aparentemente descabellada que al final resultó real.
Al parecer, por motivos que se desconocen, el periódico se negó a publicar el reportaje que Bastian había escrito con las conclusiones a las que había llegado. Se limitó a hacerse eco de la noticia de la aparición y desmemoria del anciano sin proporcionar mayores detalles. Así que Bastian Horst guardó en un cajón los folios y continuó con sus crónicas locales sin darle tampoco él mayor importancia.
Yo contacté con Bastian y le dije que quería saber qué había escrito y quién en realidad era aquel anciano que ahora vivía en una residencia con cargo al gobierno austriaco. Bastian, para mi alegría, se mostró encantado y me dijo que el anciano, al que habían decidido llamar Ernst Valdjungger sin ningún motivo aparente, aún no recordaba quién era aunque él, Bastian, pensaba que fingía porque lo que había descubierto sobre la vida y el pasado del anciano parecía mejor dejarlo en el olvido.
Le pedí que me enviara por correo electrónico lo que había descubierto y su reportaje no publicado y, sorprendentemente, Bastian me dijo que no, que si yo quería saber algo más sobre el asunto debía trasladarme a Freilassing y entrevistarme con él personalmente. Además, agregó Bastian en su mail de respuesta, sólo podrás leerlo delante de mí, y no podrás hacer fotocopias o tomar notas.
Así que después de dos vuelos, un tren y un coche de alquiler, llegué a la ciudad de Freilassing una tarde con la consigna de alojarme en el hotel Krone y de no ir a buscar a Bastian al periódico. Yo me reuniré contigo, terminaba Bastian el último mail que me envió.
El hotel Krone tiene una fachada acristalada que parece superpuesta a la del edificio que lo acoge. Es un hotel moderno y cómodo, y si tienes la suerte de que te asignen una habitación en la primera planta, puedes disfrutar de un balcón con vistas a las montañas que rodean a Freilassing, y también a la tienda de antigüedades del señor Otto Raell. Helga, la simpática chica que atiende el mostrador de recepción, no deja de repetirte cada mañana que viajes hasta Salzburgo, que dista apenas siete kilómetros.
Me acompañó hasta la habitación 313 Rudy, un empleado que habían contratado el día antes y que durante mi estancia en Freilassing y en el hotel Krone se desvivió por mi bienestar. En parte porque creo que le caí simpático y en parte porque quería hacer méritos para ganarse un puesto fijo. A veces se atolondraba en su intento de resultar amable y servicial, y en una ocasión me confesó que nunca había conocido a un escritor y que siempre había creído que éstos eran unas personas extravagantes y ridículas. Pero no usted, se apresuró a añadir, usted es alguien normal. Y yo creo que en el fondo aquello que dijo como un pretendido halago a él lo decepcionó porque para Rudy un tipo normal como yo no podía ser un escritor de verdad.
No iba muy desencaminado Rudy en sus suposiciones, pues desde hacía bastante tiempo sólo tenía yo una carpeta con proyectos que ya sabía de antemano que no iban a llegar a ninguna parte, así que para no decepcionarlo del todo, le dije que yo era un escritor que viajaba para luego encerrarme en un cuarto y escribir sobre un viaje inventado y no sobre el que en realidad había hecho. Intento experimentar con distintas formas de realidad, le dije. También escribo sobre la gente que trabaja en los hoteles, concluí tratando de darle a mis palabras un tono de imponente literatura. Pero Rudy mostró bastante más sentido común de lo que yo mismo estaba demostrando, y se limitó a mirarme con una evidente indulgencia.
A la mañana siguiente (la primera en que yo amanecía en Freilassing) bajé a la cafetería y me pregunté cuándo Bastian Horst se pondría en contacto conmigo. Él ya sabía que yo me encontraba alojado en el hotel Krone desde la tarde anterior, y a Helga le había pedido educadamente que si un tal Bastian Horst del periódico local preguntaba por mí no dudara en llamarme a mi habitación sin que importase la hora.
Yo entonces no sabía (no podía saberlo) que Bastian había estado ya en el hotel Krone la tarde anterior mientras yo me duchaba y desempacaba las pocas cosas que me había llevado en aquel viaje, con la intención de mantener una primera charla conmigo antes de enseñarme su reportaje. Por lo que más tarde pude saber, Bastian Horst entró en el hotel media hora después de que yo hubiera subido a mi habitación, y se dirigió al mostrador que atendía Helga para preguntar por mí cuando se le acercó por detrás un hombre y le pidió amablemente que se tomaran algo juntos en el bar. Bastian accedió más intrigado que interesado, y aquel tipo le propuso pagarle una gran cantidad de dinero por el informe que había escrito sobre la desaparición y posterior aparición y desmemoria de Ernst Valdjungger. Bastian se mostró receloso al principio, pero el tipo sabía cómo resultar irresistible, y no sólo por el asunto del dinero, sino porque verdaderamente era alguien encantador y seductor. Yo a aquel tipo lo conocía bastante bien aunque nunca habíamos hablado, ni tan siquiera habíamos estado en el mismo lugar al mismo tiempo. Yo me había encargado durante años de que eso no sucediera.
Pero como digo, todo eso yo lo supe algunos días más tarde. Aquella mañana en la cafetería del hotel Krone me limitaba a espiar la puerta por si veía aparecer a Bastian. Cuando estaba ya terminando mi desayuno y me preguntaba aún la causa de que Bastian no diera señales de vida, y resuelto a llamar a la redacción del periódico y preguntar por él, se acercó Rudy y me entregó una nota. Me la ha dado para usted el señor que se aloja en la habitación 213, me dijo Bastian. Creo que también es un escritor de su país, susurró como quien dice una confidencia mientras desaparecía. Deberías estar a las cuatro en el bar del hotel. Durante varios minutos estuve mirando la nota y mirando también a mi alrededor por si captaba algún gesto en alguna de las personas que había en la cafetería que delatara quién podría ser su autor, porque yo estaba completamente seguro de que aquello no lo había escrito Bastian Horst.
Rudy apareció de nuevo cuando yo ya me disponía a abandonar la cafetería y me dijo que había averiguado la identidad del huésped de la 213 que me había enviado la nota. Creo que Rudy se asustó un poco cuando pronunció su nombre y vio mi rostro contraído por un asombro triste y fatigado. ¿Le ocurre algo?, me preguntó con verdadero interés. Sí, le contesté afligido y resignado, que acabo de fracasar. Él pareció no entender muy bien lo que yo decía, pero desistió de hacer alguna otra pregunta, seguramente pensando que no estaba entre sus obligaciones la de aguantar delirios de escritores.
A las cuatro en punto me presenté en el bar del hotel Krone buscando entre las personas que allí se encontraban el rostro que yo tan bien conocía aunque nunca nos hubiésemos visto en persona. Estaba sentado al fondo, de espaldas a la entrada, como la contraportada de uno de sus libros, pensé mientras caminaba en su dirección.
Lo de menos era ya el sigilo, mucho menos la huida, que no tenía ya sentido. Estaba a punto de reunirme por vez primera con el escritor del que llevaba años huyendo, a veces no sin dificultad, ya que en varias ocasiones estuve a punto de encontrarme con él causalmente.
—Hola —le dije mientras rodeaba la mesa y me sentaba en la silla que había frente a él.
—Ya era hora —contestó dando un trago a su bebida.
Nos miramos durante unos minutos sin decir nada más, escrutándonos mutuamente. Él se estaría seguramente preguntando qué demonios me había llevado al absurdo de elegirlo a él para mi despropósito de tener alguien de quien huir, y yo intentaba buscar en sus ojos el motivo que podría tener para desear con tanto ahínco mi fracaso.
¬¬—¿Y Bastian? —le pregunté tratando de dilatar el momento, de huir de él por última vez.
—-Oh!, Bastian no tiene importancia, ha sido únicamente una necesidad del texto para llegar a este momento.
—Ya —dije con una incontenible tristeza en la voz cuando entendí que nada tenía ya solución para mí.
—Quiero que lo hagas —me dijo entonces con una sonrisa de satisfacción, de triunfo sin paliativos.
Yo sabía perfectamente lo que quería, lo que significaba aquella petición suya. No valía la pena resistirse, retrasar innecesariamente el momento que pondría fin para siempre a todo aquello. El momento definitivo en que yo pronunciara su nombre.
—Adiós, Bonells.
—Ahora sí. Puedes marcharte. Ya no tengo nada más que hacer por ti.
—En eso te equivocas —le dije a modo de última venganza—. Has conseguido mi propósito de huir por primera vez de Enrique Vila-Matas, que es de quien realmente me proponía escribir aquí.

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Kyusai

Joaquín López-Toscano

 

 

Tras su aseo matinal Nobuko sintió una inquietud; se encontraba extrañamente agitada. No había nada que le preocupara fuera de lo habitual. Y había hecho lo que todas las mañanas: se había duchado, arreglado y luego había limpiado bien el cuarto de baño para Tetsuo. Había recogido el agua del suelo, sacudido la alfombrilla, enjuagado a fondo la bañera y fregado el lavabo y la repisa. Tetsuo no podría encontrarse con un pelo suyo ni nada que le disgustara. Sin embargo, la sensación de que algo se le había pasado por alto persistía. Repasó mentalmente: había abrillantado el espejo, ordenado los botes del armarito, había cerrado la pasta de dientes, una nueva pastilla de jabón, toallas limpias.
– “¿Qué haces ahí como un búho, embobada?”
Nobuko ni se inmutó. Estaba sentada, muy derecha, al borde del sofá, absorta en la contemplación del cristal que cubría la mesa y reflejaba su rostro en aquella densidad negra, vacía.
– ¿Faltaba algo en el baño, Tetsuo?- preguntó sin mover la vista del cristal.
– No, pero esta sopa está fría.
Tetsuo y Nobuko habían cumplido diecinueve años de matrimonio. Nobuko siguió enfrascada en sus pensamientos (¿era algo que había visto en el pasillo, quizás en el salón?) y Tetsuo metió él mismo su sopa de miso en el microondas. Terminó su desayuno, se limpió con un pico de la servilleta y se marchó con el maletín al hombro y la chaqueta del traje colgada del brazo.
Tetsuo y Nobuko habían tardado un tiempo en tener un hijo y por algunas complicaciones durante el parto, decidieron no tener más. Se equivocaron. Deberían haberle dado hermanos. Fue un error enorme.
Ahora Kyusai ahora estaba en su habitación. Había sido – recordaba su madre- un niño sano y de carácter dulce, sonriente. Era delgado, menudo, pero fuerte, como su padre. Aunque era sensible, más bien tímido y apocado, como ella, se había hecho con unos cuantos buenos amigos en la escuela. Por alguna razón, la imagen del espejo del baño y la repisa blanca se le venían a la cabeza y le impedían concentrarse en sus recuerdos. Se levantó, se tomó la pastilla y no desayunó. Salió de compras.
Esa mañana en la calle se sintió más desubicada, más despistada. Se paró frente al escaparate de una droguería con estupendas ofertas de detergente. Hacía más de dos años que no lavaba la ropa de Kyusai, recordó. Se quedó mirando los precios, los porcentajes de descuento, los números… Cuánto le costaban a Kyusai las matemáticas y la física. Quizás para las artes tuviera más talento que para el resto, lo cual a Tetsuo no le hacía ninguna gracia. El había llegado a Director de Contabilidad de la empresa. Kyusai, sin embargo, se atascó en los exámenes de ciencias. Tetsuo le obligaba a pasar horas en su habitación haciendo cálculos y ecuaciones de tercer grado. Tras el primer suspenso empezó a retraerse. El mismo se recluía sin que nadie le obligara, hasta que al mismo Tetsuo le parecía excesivo el tiempo que pasaba encerrado. Se acostumbró tanto a estudiar allí dentro que comenzó a faltar a la escuela y al juku de las tardes. Un día no salió más. Puso un candado y colocó una mesa contra la puerta para que nadie pudiera abrir. Otro día rompió la puerta por debajo. Así podían pasarle una bandeja de comida cada día, bebidas y papel higiénico.
Su hijo era un aislado, un confinado, un hikikomori. A Nobuko le daba pena y mucha vergüenza. Prefería olvidarlo. Vio un suavizante muy rebajado y entró. Pasó por un estante de la droguería y le dio un pálpito. Algo acababa de ver, de refilón, al pasar. Le había producido la misma sensación que esa mañana más temprano, un cosquilleo desasosegante en el estómago. Retrocedió un poco y recordó. Recordó casi claramente. Salió corriendo de la droguería, corrió y corrió hasta la casa, derecha hacia el pasillo, el cuarto de baño, la repisa. No, la repisa, no. Encima del armarito, no. Dentro. Dentro del armario lo había visto, allí estaba, detrás de la loción. Lo cogió. Miró las cerdas. Las tocó. No estaban totalmente secas. Retenían un poco de humedad.
Fue a por su móvil al salón. Tetsuo no respondía.
Al volver del trabajo, a las 9 de la noche, encontró a Nobuko donde la había dejado: sentada muy derecha sobre el borde del sofá, mirando absorta el cristal de la mesa, con la única diferencia de que esta vez un objeto se posaba sobre ella: un cepillo de dientes eléctrico azul celeste.
-“¿No es tuyo, verdad que no?”
– “No, Nobuko, no es mío” – respondió él, lamentando con un gesto el estado al que había llegado su mujer.
“Entonces no puede ser de nadie más” – pensó Nobuko, rodeando el cepillo con sus manos y acercándoselo a su seno “Ha salido. Ha salido a limpiarse los dientes.” Y soltó un profundo suspiro de alivio. A la mañana siguiente se levantaría aún más temprano. Puede ser que coincidiera con él y hablaran, aunque fuese un momento, en el lavabo.

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Ya está en línea el Nº 4 de SKEIMBOL

SKEIMBOL 04 2015

Más de 150 páginas llenas de contenidos sorprendentes con el talento creativo de:

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  • Erick Strand
  • Giny Valrís
  • Dirty Works
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Juan Goytisolo recibe el Premio Cervantes de Literatura 2014

Juan Goytisolo
El rey hará entrega este jueves del premio Cervantes 2015, considerado el Nobel de las letras hispanas, al escritor Juan Goytisolo por «su labor en la indagación del lenguaje y su apuesta por el diálogo intercultural», en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid). El galardón se otorga en coincidencia con la celebración del aniversario de la muerte del autor de «El Quijote» y el Día Internacional del Libro.
El escritor catalán de 84 años, autor de obras como Señas de Identidad y Reivindicación del conde don Julián reside en Marraquech desde 1996.

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